martes, 10 de abril de 2012

Ni siquiera la tormenta



El atardecer tiene ese tono dorado de cuando los rayos del decadente sol atraviesan las nubes oscuras repletas de lluvia. A través de la ventana en el tejado de mi casa entran algunas gotas que mojan mi cara. La inmensa nube negra sobre mi cabeza, que cubre todo lo que mi vista alcanza hasta el mar, con sus formas redondeadas se me antoja una inmensa mano que pronto caerá sobre mí con su viento, lluvia y truenos. La luz lucha por alejar a la enorme mancha negra lejos de la tierra verde que me rodea, lejos de las montañas con su manto de árboles, lejos también de los seres humanos que temerosos se afinan en sus casa o caminan bajo la protección de un paraguas. En cambio yo solo soy un mero espectador, un curioso ajeno a la magnitud del poder de la naturaleza. Y contemplo a los árboles mecerse ante mí y a las gaviotas bramar sobre mi cabeza. ¡Dios!, cómo me gustaría a mí ser una de ellas y alzarme sobre los demás y romper a gritar. Gritar para que todos se dieran cuenta de que llevo mucho tiempo apretando los dientes para impedir que ningún sonido saliese de mi boca, para evitar que nadie se diera cuenta que tras esta máscara de impasibilidad se halla una tormenta que lucha por estallar. La ventana retumba con el sonido de un trueno a lo lejos, potente a pesar de la distancia. Pero yo de eso sé muy bien, porque a pesar de la distancia hay cosas que viajan a más velocidad que algunas otras, como el sonido, la luz o los sentimientos. Yo sé bien de distancias, porque mi corazón lleva años retumbando por el sonido de un amor lejano. La cantidad de lluvia comienza a incrementarse, el polvo de las ventanas acumulado por el tiempo de sequía comienza a resbalar dejando surcos en el cristal. Surcos como los que mis uñas a veces dejan en mi pecho o en mi espalda cuando de los nervios no dejo de arañarme. Mi cara comienza a lavarse con la lluvia en aumento. Pronto parece que estoy llorando, pues mis pestañas se llenan de gotas que caen de mi frente y cuando ya no pueden más se desbordan por mi cara hasta el mentón, donde las enjuago para que no bajen por la camiseta hasta el pecho. Otro trueno más, esta vez con luz al fondo. Primero la luz, luego el sonido. Primero el amor, luego las cicatrices que nunca cierran y que tras cada golpe de tambor en el cielo se abren y comienzan a sangrar. Y me comienzo a cuestionar el fin de todo esto. Porque la naturaleza es fácil de estudiar y de comprender, incluso cuando es cruel y desgarradora. Pero los sentimientos no. Es imposible verlos, tocarlos, olerlos, contarlos. Están ahí, pero si no fuera porque los padecemos y no tenemos duda de ellos podría decirse que no son más que una ilusión, una forma de religión más. Se funde el sol con el mar y el entorno pierde la tonalidad dorada y se torna más clara, con un incipiente cielo azul asomando entre la enorme masa de nube, ahora grisácea. Distingo que a lo lejos otra masa de nube diferente tiene forma de mar revuelto, con un caballo que surge de él. Y recuerdo al “amigo de los caballos”, que así es su verdadero nombre, a parte de muchos otros, todos ellos en mi cabeza. Me doy cuenta entonces de que ya no llueve. Tampoco quedan ya gaviotas sobre mi casa. Ni siquiera la enorme masa oscura parece dispuesta a quedarse, pues se mueve en dirección opuesta a poniente, azotada por una corriente de aire que no afecta a los que a nivel del suelo nos hallamos. La otra, el mar hecho de nubes, se difumina y oculta el ocaso. Ya no queda nada aquí que me haga quedarme ante la ventana. Por decir más, parece que no quede nada aquí que me haga quedarme en general. Me duele la mandíbula de mantenerla apretada. Comienzo a llorar, no desconsoladamente pero sí que algunas lágrimas manan de mis ojos, y con una sonrisa me despido del caballo que desaparece entre las nubes. Una vez más estoy sólo en casa. Afuera no queda nada. Adentro, una tormenta de incertidumbres que a diferencia de la de la naturaleza parece que no quiere remitir.


jueves, 22 de marzo de 2012

Cordura decadente



El cielo se oscurece a lo lejos y tan sólo queda una uña de sol. Unas iniciales se las lleva la espuma de una ola diminuta, una leve caricia del mar en calma. Las banderas ondean a media asta, caídas en desgracia con los extremos orientados hacia el suelo, como las orejas de un perro avergonzado. Un animal que aúlla a la incipiente luna, que comienza a alzarse con un brillo anaranjado; llanto de una especie que observa su decadencia en los confines del día. La tranquilidad y quietud enfermizas no sólo paralizan el corazón, sino que presionan el pecho e impiden llenarse los pulmones de aire, limitándote a respirar de poco en poco. El mareo es inevitable y en tu campo de visión se instaura una sombra que se funde con la creciente noche. A lo lejos una figura se acerca y se aleja dejando en la arena un repertorio de pisadas enmarañadas que desordenan las perfectas formaciones desérticas que tanto trabajo le llevó conseguir al viento, ése que con tanta fuerza salía de tus pulmones cuando dejaste de correr. Aquella persona borrosa continúa con su acercamiento-alejamiento cuando por tu mente no dejan de pasar caras y voces que despiertan recuerdos de otras noches no tan solitarias como aquélla. Caras de amantes que conociste en una cama, en un coche, en un jardín. Promesas que salieron de aquellos mismos labios que luego dijeron «perdón» o «adiós». Y mientras tanto, aquel bailarín de la oscuridad, tocado tan sólo en un costado por los rayos de la luna, se detiene muy cerca y te señala con un dedo el horizonte desnudo. Y comprendes que es el fin de la luz y te dejas llevar por la corriente de locura que penetra tu cabeza por el mismo punto que lo hace la imagen de su cara. Si tus piernas se bloquean y caes de rodillas, entonces mejor ten preparada una súplica, porque te enamorarás tan perdidamente que cuando amanezca jamás podrás olvidar el beso de oscuridad que aquella figura te dio cuando se acercó demasiado.


sábado, 10 de marzo de 2012

Segunda ley de la termodinámica




“La segunda ley de la termodinámica se basa en el hecho de que hay muchos más estados desordenados que ordenados”, S.H. Hawking.


¿Cómo sería el mundo si la flecha del tiempo apuntara al revés? Los pedazos de cristal saltarían por el aire y se fundirían para dar forma a un vaso intacto, el desorden dejaría paso al orden absoluto y en lugar de degenerar y envejecer seríamos jóvenes y volveríamos a nacer. Pero el universo se ha inventado así, ¿o somos nosotros los que así lo percibimos? Lo que sí está claro es que si dejas los platos sin fregar, pronto el moho se hará con ellos.

Es más fácil perder algo, que ganártelo. En el amor, como en todo en esta vida, tienes que invertir una cantidad de energía constante para evitar que esto ocurra. Y si no lo haces, todo lo que tengas que hacer después para enmendar tu dejadez puede llegar a ser completamente inútil. Y es un error común relajarse con el cuidado de una relación porque ¿para qué seguir luchando por algo por lo que ya has luchado y ganado una vez? El rey que no se molesta por el cuidado de su nación pronto verá cómo las rebeliones se multiplican por el territorio y su reinado verá el fin antes de que mueva un dedo por intentar evitarlo.

Hubo una vez alguien que afirmó que el amor es un ser vivo al que hay que dar de comer para que no se muera. No, todo está vivo. Todo aquello que consuma y requiera energía está vivo. Si la física nos enseña que caminamos hacia el desorden, esforcémonos por ir al contrario. Pero qué fácil es a veces dejarse llevar por la corriente del río y erosionarlo todo a nuestro paso...